marzo 11, 2017 admin_hg

Espacio y Espacios

 Por Antonella Sovino Ortlieb

 

 

“Chile es el país más feliz de Sudamérica”. Esta semana sorprendió esta noticia que se elevaba como titular en varios medios de comunicación. Y sin duda alguna – al menos cuantitativamente – Chile se ubicó en el puesto número 20 del World Happiness Report 2017, superando a todos los vecinos sudamericanos y probablemente, sorprendiendo a muchos.

El principal autor del reporte John Helliwell, sostiene que “los aspectos humanos son los que importan. Si la riqueza hace más difícil tener relaciones frecuentes y de confianza con otras personas, ¿merece la pena?”. Y eso me hizo recordar otra cita en la línea: “Hoy el mayor lujo es tener tiempo libre” del empresario Willie Carballo, CEO de Fine Hotels Spas & Resorts Of The World, una frase que no deja indiferente a nadie. Y si bien muchos podrían estar en desacuerdo, hay una tendencia clara de gran parte de los consumidores a considerar del poco tiempo libre que disponen como un ‘bien’ intransable.

En un país ad portas del desarrollo como Chile, y particularmente, en Santiago – catalogada además como la ciudad más inteligente de Sudamérica en 2013 por la revista Fast Company – el incremento de la población, la saturación de los medios de transporte, la contaminación, los tiempos de traslado y una agitada vida cosmopolita, han impactado fuertemente en la rutina diaria de los santiaguinos, modificando sus hábitos, consumo y relaciones personales y laborales. Así, hoy los dolores de la sociedad pasan por un desmedro en las relaciones con los más cercanos, estrés asociado a una vida acelerada (con consecuencias físicas, espirituales y mentales) y poco espacio para desarrollarse más allá de lo meramente profesional.

Retomando el concepto del tiempo libre como lujo y en este escenario de frenesí capitalino, las horas fueras de la rutina diaria y los fines de semana, se han transformado en un espacio muy preciado en pos de compensar el desgaste y retomar vínculos o actividades que logren desconectarnos de la rutina normal.

Así como la ciudad y su sociedad han cambiado, es interesante observar que si bien en la década de los 90’ y los primeros años del nuevo milenio, los grandes centros comerciales fueron el telón de fondo para el encuentro social, desde hace algunos años en Santiago nuevos espacios públicos han empezado a transformarse en un espacio de comunicación y de convergencia social.

Tomemos el caso del Parque Bicentenario, cuya etapa final de construcción fue entregada a fines de 2011. Si bien está ubicado en Vitacura y goza de un entorno privilegiado y los recursos de una de las comunas más ricas de Chile, recibe en sus 30 hectáreas cerca de 28 mil visitas mensuales, lo que lo ha llevado a ser uno de los espacios públicos preferidos de los santiaguinos del sector oriente de la capital.

Me quiero tomar de este ejemplo para elevar la importancia de los espacios públicos en la construcción de una sociedad, siendo un aporte a la construcción de identidad social y manifestación urbana. Bajo esta mirada, las múltiples áreas verdes de Santiago se han y deben seguir transformándose en una alternativa válida de consumo porque representan el ‘consumo de la ciudad’ asociado directamente a los nuevos estándares de exigencia de los individuos en búsqueda de una mejor calidad de vida. Sin duda, nos queda mucho por trabajar de manera transversal en la capital para generar la posibilidad (¿o derecho?) de proveer de espacios de encuentro a la sociedad civil con todos sus estratos socioeconómicos y geografías, para salir de la condenatoria cifra de 4,5 metros cuadrados aproximadamente de áreas verdes por habitante en Santiago.

A mediados de 2013, un sondeo realizado por varios actores, midió el indicador de calidad de vida urbana (ICVU), definido como “las condiciones de vida objetivas de la población generadas a partir de las actuaciones y dinámicas de transformación del espacio urbano inducidas por actores públicos, privados y la sociedad civil”.

La agitada agenda en la ciudad ha instalado nuevos conceptos como mayor conciencia de una vida saludable; utilización de espacios públicos para al realización de actividades deportivas (maratones); y generación de cultura que ya que consumir tiene que ver con apropiarse de algo y generar significado e identidad. De alguna u otra forma, el ser humano, está tratando de volver a su estado natural, a lo sano, a lo verde y la calidad de vida se ha trasformado en el foco del consumismo, es decir, hoy se está dispuesto a gastar, si eso contribuye a llevar una vida más plena y saludable y a una más libre expresión del nosotros.

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